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HISPANIA NOVA

Revista de Historia Contemporánea

Fundada por Ángel Martínez de Velasco Farinós

ISSN: 1138-7319    DEPÓSITO LEGAL: M-9472-1998

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RECENSIONES
(2009)

          Esta sección, coordinada por Mariano ESTEBAN, está dedicada a reseñar brevemente en cada uno de sus números anuales algunas de las novedades bibliográficas más relevantes aparecidas durante el año en curso y el anterior. Aunque la selección de las obras corre a cargo del Consejo de Redacción de la revista, la sección se encuentra abierta a las sugerencias y aportaciones de los lectores.

 

 ESTEBAN DE VEGA, Mariano; MORALES MOYA, Antonio (eds). Castilla en España. Historia y representaciones. Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2009, por Alfonso Manjón Esteban

Cuando el franquismo daba sus últimos coletazos y la oposición democrática al mismo percibía ya tenuemente la luz de la libertad al final del túnel, se empezaba a plantear en España, como había sucedido en otros tiempos, una cuestión que esta vez resultaría fundamental en el proceso de construcción de nuestra democracia: la nueva estructura de la planta territorial de España. Desde que se formó el nuevo Estado autonómico, la política española ha seguido un rumbo donde las diferentes manifestaciones regionalistas no han dejado de mantener un papel sustancial en la vida pública española. Hasta la fecha, se han escrito numerosas obras de análisis de dichos movimientos y de la importancia que éstos adquirieron en la oposición a la dictadura. Y es indudable que éstos han condicionado, sobre todo en algunas zonas de nuestra geografía, la dirección y la temática que ha seguido gran parte de la investigación histórica en España.

De manera complementaria, pero en una línea totalmente diferente, el presente volumen pretende, siguiendo la estela de lo que fue <<¿Alma de España? Castilla en las interpretaciones del pasado histórico español>>, contribuir con nuevas aportaciones al estudio de una región histórica, que en términos de nacionalismo, no ha sido lo suficientemente estudiada en los últimos 30 años. Así, <<Castilla en España>>, se presenta como una continuación de un proyecto a largo plazo que algunos profesores de la Universidad de Salamanca y de otras Universidades se han propuesto realizar de cara a discernir la imagen que la historiografía y otros géneros culturales contemporáneas han construido de Castilla y de España. Tanto desde la misma Castilla como desde otras regiones españolas y foráneas.

En el primer capítulo de este libro, Enrique Orduña, en un prolijo y riguroso estudio, hace un repaso de la tradición municipalista castellana a fin de conectar históricamente ésta al marco estructural y competencial del régimen local actual. Es de agradecer la forma en que maneja múltiples referencias historiográficas que avalan el trabajo que aquí nos presenta, las cuales contribuyen aún más a que los estudios recientes sigan alejándose de prejuicios y corrientes ideológicas capaces de desvirtuar la imagen histórica que en algunos momentos (como a principios y mediados del s. XIX) se ha dado de dicha tradición municipalista. Sobreentendiendo la ciencia histórica como el estudio del pasado a fin de dilucidar y construir un futuro más próspero, este historiador se plantea qué puede hacerse, a tenor de la evolución político-social del municipio castellano y las carencias administrativas de que ha padecido históricamente, para que la actual normativa regulatoria del Régimen Local pueda desarrollar políticas capaces de responder eficientemente a las necesidades reales de los ciudadanos. En su opinión, los graves problemas que plantea la actual situación de los numerosos, reducidos y envejecidos núcleos rurales en Castilla, a pesar del avance que supuso la Ley Reguladora de Bases del Régimen Local de 1985, podrían ser en cierta medida resueltos gracias a la mejora de las leyes por las cuales se fomenta la creación de Mancomunidades. Esto es, agrupaciones poblacionales que serían, pues, la solución a una atomización municipal incapaz de desarrollar una mejora de vida de los ciudadanos castellanos, e incapaz de prestar unos servicios públicos “con los niveles de eficacia y calidad que demandan los ya mencionados principios solidarios e igualitarios” (pág. 87) de nuestra democracia.

A esta cuestión le siguen un par de capítulos de José G. Cayuela, donde se aborda un estudio acerca de la visión histórica y política que las diversas variantes del pensamiento hispanoamericano mantienen de la España decimonónica. Para ello, realiza un acercamiento al imaginario de numerosas figuras que como élites intelectuales contribuyeron a la construcción de un discurso histórico y a la aparición de una argumentación política e institucional nuevas en la América que transita de la Ilustración al liberalismo. A la creación, pues, de un nuevo concepto de nación que a la postre sería el apoyo sobre el que se cimentan los movimientos independentistas de principios y finales de siglo. Así, en el primero de esos textos, este profesor de la Universidad de Castilla-La Mancha emprende un análisis de las diferentes corrientes ideológicas de la América continental que se independiza durante el reinado de Fernando VII y de los obstáculos que hubo de salvar dicho proceso (Bolívar vs Congreso de Panamá de 1826). Y en el segundo, aborda el estudio de aquellas otras tendencias que se dan en la América antillana (concretamente en Cuba), que tardará varias décadas más en desviar su rumbo histórico de los destinos de la metrópoli no por razones de idiosincrasia, sino por circunstancias políticas y condicionamientos económicos que dificultaron la aparición de un movimiento independentista al estilo de los de América del Sur a principios del siglo XIX. Resulta significativo, como ya anuncia Mariano Esteban de Vega al prologar la presente edición, cómo el presente trabajo demuestra que la figura de Castilla, históricamente entendida como baluarte de España en América, queda integrada en el imaginario americanista de manera muy natural dentro del marco político-institucional de España como nación y metrópoli. Aspecto éste al que el mismo profesor Cayuela hace referencia explícita al afirmar que “el arquetipo de <<Castilla>> se diluye en el propio concepto de España, al igual que ocurre con las demás regiones peninsulares” (pág. 137).

Si ¿Alma de España? había incidido en la imagen de Castilla que había perfilado parte de la historiografía catalana y gallega, el cuarto capítulo de este volumen, a cargo del profesor Juan Gracia Cárcamo (U. del País Vasco), trata de esbozar la imagen de Castilla y España que se observa en la historiografía vasca de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Para ello, el autor se hace eco, primero, de la percepción que una serie reducida de historiadores (con probado sentimiento identitario españolista pero que mantienen, no obstante, una visión foralista de la historia) conservan de Castilla, de la España interior y de su historia. Y segundo, de su interpretación de las relaciones históricas entre el País Vasco y España (y por ende, de Castilla). Como es esperable, y al fin recurrente en todo estudio que aborde la imagen que de la historia de un determinado territorio se tiene desde un grupo historiográfico específico, también en esta ocasión el autor nos advierte de la dificultad que comporta establecer una visión generalista de esas apreciaciones sin reparar en los múltiples matices y divergencias interpretativas entre los autores tomados en consideración para este trabajo. Por otro lado, cabe señalar que el texto queda subdividido en dos partes. Una en la que se hace especial referencia a aquellos estereotipos, positivos y negativos, de Castilla y España que se contempla en la obra de estos historiadores; y otra donde se ofrece al lector una síntesis de cómo abordan los principales períodos y personajes de la historia española. A lo largo del capítulo puede apreciarse cómo las interpretaciones de estos autores (anteriores al giro decisivo que se producirá tras la desaparición del régimen foral en 1876, que a la postre definirá la visión vasca de la historia española) varían en función tanto de la capacidad de nuestro país de conservar la sustantividad de los rasgos que históricamente la definen, como de la generosidad (protección frente al extranjero), lealtad (institucional), respeto (a sus fueros) y propósito de colaboración que muestre España hacia el País Vasco a lo largo de la historia.

 El siguiente capítulo corre a cuenta de Francisco de Luis Martín, profesor titular de la Universidad de Salamanca. En él hace un repaso de todas aquellas obras que la historiografía obrera escribe entre finales del siglo XIX y los primeros años de la pasada centuria. Partiendo de un estado de la cuestión donde ya se advierten de antemano las escasas aportaciones que hasta la fecha se han dado en el campo de estudio en que nos encontramos, el autor hace una valoración de aquellos defectos de que adolece dicha historiografía, entre los que se encuentran su escasa relevancia y rigor, su limitada receptividad, su descuidado estilo, o su finalidad específica. Seguidamente se exponen las dos corrientes internas que pueden apreciarse en dicha producción historiográfica. Por un lado, una perspectiva internacionalista, que a fin de cuentas es la que prevalece, y que combate todo principio de nacionalidad y patriotismo, ya que entiende las relaciones sociales desde principios universalistas y considera la nación como una construcción ideológica de quienes poseen y no de los desposeídos. Y por otro lado, una perspectiva nacional, representada por Juan José Morato, quien intenta aplicar el enfoque marxista a la historia de España y hace una reevaluación de la historia española al margen de las tesis de la historiografía profesional de la época. Francisco de Luis entiende esta obra de Morato como “la primera manifestación de lo que Borja de Riquer y Núñez Seixas llaman el nacionalismo español de la izquierda obrera” (pág. 276) de principios del siglo XX.

 Avanzando aún más en el tiempo, el sexto apartado nos ofrece un trabajo a cargo de Antonio Morales Moya, quien hace un breve pero acertado recorrido a través de la visión que de Castilla y España tiene un escritor considerado por muchos como el más insigne crítico literario de su época: Azorín. A medio camino entre la Generación del 98 y el regeneracionismo, este escritor, profundamente nacionalista (en el más saludable de los términos), es posiblemente la figura que mejor represente el intento en aquella España ¿decadente? de conjugar progreso y conservadurismo. Esto es, de evolucionar en cuanto a los medios físicos de supervivencia se refiere, aunque conservando los valores y formas de vida propiamente españolas. Para entender mejor esta cuestión, el profesor Morales Moya nos muestra la asociación que el literato establece entre el paisaje castellano y el espíritu, la historia y la cultura españolas, ya que, como antes otros autores han apuntado, la geografía ocupa un papel destacado en la visión que Azorín tiene de la Patria y del patriotismo al que sirve de base.

 De carácter más netamente regeneracionista es Julio Senador Gómez, notario vallisoletano cuyo carácter y pensamiento político analiza para este volumen el prestigioso catedrático Andrés de Blas. Tras un estudio previo sobre el estado de la cuestión acerca de la obra y vida pública de este buen conocedor de la España rural de su tiempo, el profesor de la UNED se adentra en lo paradójico de ella. Así, haciendo un análisis de la visión de conjunto que este regeneracionista tardío tiene de la España liberal, Andrés de Blas se acerca muy acertadamente a la imagen que este escritor pesimista tiene de la Castilla de principios del siglo XX. A través de ese recorrido, el autor percibe la figura de un hombre profundamente arbitrista y anticentralista, manifiestamente antidemocrático y autoritario, absolutamente crítico con un régimen (el liberal) que en su opinión ha sido incapaz de resolver los problemas de la población más desasistida. En fin, un regeneracionista más municipalista que regionalista, anticastellanista por cuanto antiproteccionista, y preocupado por el agotamiento de la sociedad castellana y la decadencia de Castilla frente a la entonces pujante periferia.

 Superado el marco cronológico que ocupa los últimos años del XIX y primeras décadas del XX, el ilustre profesor José Manuel Cuenca Toribio nos obsequia con una aproximación a una de las figuras más significativas del mundo cultural e intelectual de la posguerra española: Florentino Pérez Embid. A lo largo de este capítulo, siguiendo el rastro de una obra que publicara en el año 2000, La obra historiográfica de Florentino Pérez Embid, el autor nos presenta a un historiador esencialmente monárquico, que acepta el régimen dictatorial con un cierto y cómodo pragmatismo. Quizá por ello, expone, su visión de España y de Castilla no se ajusta al modelo franquista de historia, siendo así la visión histórica de éste “insólita” dentro del mundo intelectual en que desarrolla su labor profesional. A decir verdad, no cabe duda de que la obra del historiador onubense tiende a restar la importancia desmesurada que se da a la obra de Castilla en el proceso de construcción de la nación española por parte de algunos escritores que durante estos años publicaron ensayos históricos con un manifiesto calado ideológico. No obstante, un estudio sosegado de las historias generales de España que se publican en la posguerra nos permite descubrir, sin restar razón a la interpretación que el autor da aquí de la obra de Pérez Embid, una realidad en cierta medida acorde al pensamiento del historiador analizado, no tan excepcional por tanto en su época. Sea como fuere, en este capítulo queda, no obstante, planteado un nuevo e interesante interrogante.

 Acabado el franquismo y llegada ya la democracia a España, nuestro país hubo de modificar su planta territorial. Como bien indica en el noveno capítulo el catedrático de historia contemporánea de la Universidad de Salamanca, Mariano Esteban de Vega, dicho proceso, conducente a la consolidación de un régimen democrático, se vio altamente condicionado por la enorme pujanza de los regionalismos periféricos. En el caso de Castilla y León, advierte, el regionalismo tuvo un carácter minoritario y no gozó de amplio eco social. Si a eso añadimos que tras las elecciones de 1977 la iniciativa política regional quedó en manos de grupos supranacionales y que entonces el sentimiento de raigambre provincial prevalecía sobre el regional, entenderemos que “los elementos identitarios desempeñaron un escaso papel como motores de la autonomía” (pág. 330). A lo largo del texto, el autor nos muestra cómo cuando muere el franquismo el regionalismo castellano se desarticula al quedarse sin enemigo (centralismo) y sin elemento movilizador, cómo quedan recogidos en el estatuto de autonomía los valores que identifican a esta región, cuál es el sentimiento de pertenencia que caracteriza a los castellano-leoneses en la actualidad, cómo las autoridades regionales siguen procurando fomentar una socialización definitiva de la identidad regional, y sobre todo, cuál era, ha sido y es el significado que ha tenido y tiene la tradición de la fiesta autonómica de Villalar. Cuestión ésta que sigue siendo objeto de debate, pues ¿en qué medida puede el mito de Villalar seguir representando hoy fielmente las señas de identidad castellano-leonesas a tenor de los rasgos políticos que caracterizan a la región y de las identidades plurales que la definen?

 Finalmente, el profesor Luís Reis Torgal cierra el libro con un repaso a las imágenes portuguesas de Castilla y España. Resulta paradójico cómo dos países que comparten no sólo un territorio común sino también una historia en algunas ocasiones compartida y en otras ciertamente paralela y similar, mantienen una relación de atracción y recelo mutuo. Y cómo, consecuentemente, las aproximaciones reales entre uno y otro no han pasado de ser mera y lamentablemente coyunturales. Primero, por el enorme peso del pasado histórico compartido y de las lecciones de él extraídas; segundo, y derivado de lo anterior, por la pervivencia de un cierto sentimiento antiespañolista (anticastellanista podría decirse) promovido especialmente durante el salazarismo; y tercero, por el recelo que el pueblo portugués ha sentido cuando las campanas del iberismo han tañido demasiado fuerte. Pese a estos factores, y lejos de que se vive aún en Portugal un perceptible distanciamiento científico respecto de un país vecino (España) que apenas aporta para los estudiantes y profesores lusos referencias académicas en muchas ramas científicas (con la historiografía no ocurre generalmente esto), parece que actualmente –así lo indica también el profesor de la Universidad de Coimbra- se abren nuevas puertas al desarrollo de los estudios hispánicos en Portugal.

 Como podemos observar, no son pocos los temas que a lo largo de la presente obra se abordan. La heterogeneidad de la temática aquí presentada, los planteamientos con que se analiza la información que se maneja, los nuevos interrogantes que plantea, o las nuevas vías de estudio que abre, hacen que este volumen se constituya en una nueva fuente de referencia dentro del campo de estudio del nacionalismo y de la historia de la historiografía en relación con Castilla. Esperemos que los esfuerzos realizados hasta el momento sigan obteniendo el fruto deseado.

 

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